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19 de octubre de 2014

Casi cuarenta semanas


Parece que después de todo he logrado eliminar ese odioso banner de estadísticas gratis que impedía ver cualquier otra cosa en este -por otra parte- (casi) abandonado blog.
Y también parece ser que no me he olvidado del todo del uso de los signos de puntuación.  Abusemos pues.

Mi ombligo ha vuelto a aparecer, fue fácil porque nunca llegó a borrarse del todo: La nena decidió nacer un mes antes y no llegué a engordar lo que me faltaba para ello. Aunque ya estuvo bien.

De eso ya han pasado 5 meses y medio. 

La niña, estupenda, la madre, estupenda. El padre, estupendo. El gato no tanto, anda algo cabizbajo. Cosas de gatos.

En la última entrada contaba las aventuras de una embarazada por Andorra. De eso casi ha pasado un año durante el cual hemos seguido descubriendo lugares verdes y no tan verdes, más o menos cercanos, o más o menos lejanos.


Por ejemplo, El monasterio de Piedra. Lugar muy visitable cuando una anda más bien despacio. Muy bonito, mucha agua, muchas truchas.


En Gran Canaria el tiempo acompañó poco,  pero lo suficiente como para que pudiéramos seguir explorando las carreteras que nos dejamos pendientes meses atrás. La isla se merece una vuelta en bici. O dos.

Se nos ocurrió también ir a buscar una cascada al fondo del Barranco de Moya, pero no encontramos más que piedras y soledad. Y una caseta abandonada en la que paramos un rato a replantearnos nuestras vidas.


Y volvimos, y seguimos viendo cosas, que intercalábamos con bugaboos, papel de empapelar con osos o bailarinas, cunas y croozers.

En la provincia descubrimos los avellanos de Benassal y anduvimos por una ruta fácil, del Rivet a Font D'En Segures y la ermita de San Cristóbal en la cima del Moncàtil, que nos dejó ver Penyagolosa, el coll de ares y un cielo azul que creo que fue el primero del año.


Ese día nos dimos cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez que habíamos estado andando por el interior. 

Volvíamos de Alcalá de Henares y decidimos dar un rodeo para llegar a casa.  Paramos en Sigüenza, donde no habíamos estado y que resultó ser un bonito lugar con una catedral románico-gótica que me resultó desproporcionada en relación al tamaño de la ciudad, pero que sin duda no lo está en relación a su historia.
Y conduce que te conduce, llegamos al rato a Beteta, donde están la Hoz de Beteta y el sendero de Mata Asnos. Y no sé si era o no mata asnos, pero por allí lo encontramos,  adentrándose primero en la Hoz y más tarde subiendo  a una y otra cueva, y  dejándote, al final de todo, en un inesperado -no porque no lo esperara con ansia (viva), sino porque rompía del todo con el paisaje que íbamos dejando atrás- prado verde, verdísimo, verdérrimo.


Llegaron unos poquitos días seguidos de libertad, y los aprovechamos para, conduce-que-te-conduce, otra vez, llegar al valle de Bujaruelo. ¡Oh Pirineo! 

La ocasión la pintaban calva para seguir el GR11 hasta el siguiente refugio no guardado, y visitar, de paso, el puente colgante de Burguill,  el cual descubrí por casualidad hace ya unos cuantos años, en mi primera o segunda visita al valle.
Subir el puerto de Bujaruelo para quedarnos allá arriba admirando las vistas era bastante innecesario, así que optamos por andar por el sendero durante un rato, hasta que consideramos (los tres) que ya estaba bien. Y bien estuvo. Nieve poca. Agua mucha.
Que nadie piense en tremendas caminatas pirenáicas, la cosa era tranquila, y corta.




Aún planeamos una última excursión, por el interior de Valencia, allá por donde se confunde y se mezcla con el interior de Teruel, y uno no sabría bien donde está si no fuera por el estado de la carretera. Cerca del cerro Calderón amanecimos nevados, y decidimos que no era país para viejos, ni cerro para preñadas, y escapamos de allí hasta Chulilla. Y disfrutamos del lago azul, y de un camino muy bien preparado, con sus puentes, que nos condujo un buen rato por las hoces del Río Turia.





Así que puedo resumir que el embarazo, además de todo lo que tiene un embarazo normal, tuvo puentes colgantes, cascadas, hoces y avellanos. 

5 de septiembre de 2013

Tantos meses

No nos quedamos perdidos durante 10 meses Villafranca. Volvimos de allí y seguimos andando por todos los sitios que nos dejaron. En Gran Canaria vimos la isla como nunca, de agua y de verde, completamente diferente al Septiembre pasado, cuando el marrón sólo terminaba donde empezaba el mar, o el cielo. Esta vez era verde, húmeda.


Desde Gran Canaria y su primavera, eterna como siempre,  volamos hasta Castellón (no literalmente, como es evidente dadas las circunstancias)  y de allí saltamos hasta Javalambre, donde pasamos nuestro primer final de Año. Hacía frío. Para ser exactos, hacía frío polar y había nieve para alicatar, por si es que a alguien se le fuera a ocurrir alicatar con nieve.


Tuvimos que volver, por eso de que el gato andaba solo en casa y por aquello de que el deber nos llamaba. Y los meses que siguieron hasta que llegaron las siguientes vacaciones estuvieron llenos de salidas en bicicleta y excursiones que fuimos preparando día a día en cada rato libre. Y llegaron las bicis de ciclocross y ya estábamos todos en casa.

Llegó la Semana Santa y como no somos muy de procesiones, decidimos salir hacia el norte, a ver el lugar donde los Pirineos se deshacen en el Mediterráneo. Y por allí anduvimos unos cuantos días, donde descubrimos tantos lugares hermosos que no pudimos dejar de pensar en todos los que nos quedaban por ver.
Cap de Creus


La Garrotxa


La Vall de Nùria


Andorra



La Ribagorza


La Vall de Boí.


 La Vall de Arán.


 Pinceladas de un cuadro enorme, infinito.

Pudimos volver al Norte unos cuantos ciclos más tarde, los tres como el año pasado, a otra marcha, como el año pasado. La Ribagorza. Y salió bien, pero no tan bien como para que me quieran llevar de nuevo. Tengo un año para hacerle cambiar de opinión.
Aprovechamos el viaje para visitar  a las amigas y batir un record mundial de pinchazos en un día.
Y nuevamente tuvimos que volver a volver,  con nuestro gato, a nuestra casa.

Por fin llegaba Junio, y nuestras siguientes vacaciones. Pirineos, Pirineos, Pirineos... No sé si alguna vez he contado por qué siempre Pirineos. No sé si lo he pensado. 

Empezamos en Vielha. Hicimos la primera etapa de Eth Setau Sageth, el séptimo cielo y caímos en el Refugio de la Honeria. El río Garona bajaba casi desbordándose, fuerte, rápido y con mucho lodo. A su paso por Bossost impresionaba lo cerca que estaba de alguna ventana en la que algún incauto osó tender unas sábanas. Dónde estarán ahora esas sábanas. Quizá llegaron a Les, aguas abajo, donde quedamos atrapados un día  y medio. Por lo menos estábamos bien, y al día siguiente también comprobamos que la furgo, Furgui, estaba aparcada exactamente en el mismo sitio donde la habíamos dejado, seca y a salvo de la riada que había arrasado el parquing de abajo, allá en Vielha. El Séptimo cielo se desplomaba a ratos, y la nieve se deshacía rápidamente allá arriba. Agua. Y más agua. 


Salimos de La Vall de Aran y seguimos recorriendo. 

Ordesa 


Andorra 


Y el Cadí - Moixeró. Cavalls de Vent. Que aún haciéndola en el mismo sentido contrario que hace tres años, me pareció diferente, donde lo más duro esta vez no lo era tanto y donde pasos olvidados se volvieron casi impracticables.


Y cuando acabó Junio comenzaron los meses más largos del año. Y aprovechamos para subir a la Penya Saganta, y al Garbí, y al Penyagolosa.
Y unas cuantas carreras más tarde, cuando empezamos a ser corredores, acabaron. 
Y empezó Septiembre, y en ello estamos.

21 de marzo de 2013

Villafranca-Sant joan- Villafranca

Continuaba Noviembre. Y tras algún martes, algún jueves y una huelga general, llegó otro fin de semana de vacaciones. Estamos que lo tiramos. Tres en un mes. Tiempos de mucho, vísperas de nada. Y precisamente por eso, cada rato libre, con el mismo horario lo aprovechamos como si nos fuera la vida en ello.

No me acuerdo bien cómo se nos ocurrió, pero enseguida estuvimos de acuerdo:
Sábado: Villafranca - Sant Joan de Penyagolosa. A pie, que daban vientos y lluvias y no sé cuántas cosas terribles más.
Salimos de Villafranca a las nueve de la mañana ¡¡qué temprano!!  En estos meses de invierno, y más allá arriba en la casiestepa,  a las nueve de la mañana hace un frío que pela.
De Villafranca anduvimos hacia La  Estrella, por una pista por la que a ratos trotamos, a ratos caminamos, uno más aprisa que otra. Qué perezosa....
En la Estrella, Sinforosa, Los gatos, el perro, y el marido. Y una maravillosa tranquilidad entre la neblina y  la lluvia fina que no molestaba. La tranquilidad terminó cuando El Marido soltó al perro y de allí salieron despavoridos la veintena de gatos, que saltaron, corrieron, se subieron a los árboles y hasta al motor del Santana entraron. Y yo preocupada por si mi gato se estresa si lo dejo una noche en la terraza...
Cruzamos la rambla por el puente, esta vez pasa agua, y no poca. Y comenzamos a subir por una senda de otoño de catálogo, si es que existen catálogos de Otoño. Con sus ocres, su humedad, sus verdes. Sus hojas secas en el suelo.
Para variar, y aunque mire el mapa, no recuerdo mucho del recorrido, así que resumiré contando que pasamos el Plà de Vistabella por carretera, donde llegamos a meternos en una suerte de refugio que no sé si era refugio, granero o búnquer, pero que allí está, subterráneo y con sus dos puertas. 

Después de perdernos un poco por algún camino traidor, llegamos a Sant Joan. 31 km.

Al día siguiente salimos por donde teníamos que salir y tomamos el camino correcto, mucho más interesante que el del día anterior.  Con su senda empedrada y todo. Óscar sigue andando igual de deprisa y yo me emparro (de emparrarse, o abstraerse)  contando sus pasos e intentando que los míos tengan la misma frecuencia. Abandono a los 30 pasos por imposibilidad mecánica y paso a la segunda estrategia, que es compensar frecuencia con amplitud. Fracaso absoluto. La tercera estrategia es empezar a protestar. ¡¡¡cómo puedes andar tan rápido!!! Menos mal que tiene paciencia.



Después de volver a cruzar el Plá de Vistabella, hoy en sentido contrario, encontramos una pista ancha, cómoda, por la que anduvimos largo rato. Qué bonito. Cuánta humedad. Mira, la pista baja hasta la rambla. Sí, ahora la cruzaremos.


Pardiez! La rambla no es río sino rambla, y esto es: "Lecho natural de las aguas pluviales cuando caen copiosamente". Y eso había pasado días antes. brrrr. qué frío. Mejor hacerlo cuanto antes.






.
Genial, ya está pasada. 

Más tarde seguimos por la misma pista, comimos en una caseta, o lugar donde alguien guarda paja. Y seguimos por la interminable pista que al final de los finales, tras muchos muchos kilómetros, nos deja de vuelta en Villafranca.  36 km.

Y otro fin de semana de fotos y rutas.


26 de diciembre de 2012

De Fredes a Paüls.

Ya estábamos listos por la mañana, no me acuerdo de la hora que era, pero era pronto. De pronto quiere decir de noche. Salimos en furgo hacia Fredes por ahorrarnos un par de kilómetros de carretera. Y de allí salimos, por el GR7, dirección Paüls.


Qué maravillosas fotos se sacan a esas horas. Juro que somos nosotros. O parte de nosotros.



Es escarpado el territorio: barrancos, cortados, farallones y piedra. Mucha piedra. A lo lejos, se intuye el Mont Caro.

El ritmo es tranquilo, entre bromas y risas y algún ¡ay!  y algún otro ¡uy!. El refugio del caro fue un buen sitio donde parar a comer. Recuerdo el lugar como una especie de punto de inflexión a partir del cual cambió el paisaje y el camino, tornándose lgo más hostil, algo más seco, si bien iba ya en franca bajada.


Cuevas también había. Y fotos a contraluz, también.
Llegamos a Paüls por fascículos:  Miguel en carrera continua, Vicente a su vera, Óscares y Piedra de paseo,  y Alfonso rodeado de ovejas.
Al final llegamos todos. Y aunque Vicente no apostaba un duro por nosotros, estábamos superlistos para la aventura del día siguiente.
Y el asunto del día habían sido cincuenta kilometrazos.

Fredes, Paüls. Mont Caro.

La vuelta a casa fue curiosa,  Ryan Air volvió a dejarme respirar.
Los dias pasaron, seguramente,  a la misma velocidad de siempre, sin embargo, a mi me parecía que cada día era casi un año, o casi una vida. Hubo subidas en grupo a Eslida, Bartolos, Martes, Jueves...días sin ton ni son.

Programamos la siguiente ruta pensando que en Diciembre se acabará en mundo. Y si no se acaba, como si se acabara.
Él y yo nos adelantamos un día, y llegamos a Fredes en furgo, con las bicis , y la ropa, y las ganas. Y cierto malestar mío, por las curvas,  que se pasó al poco de poner pie a tierra.
Salimos de la colonia Europa bastante tranquilos, con esa tranquilidad que da pensar que a una le quedan tres días perfectos por delante, de esos que empiezan tempranito y se acaban tarde, dejando charlas, vistas y experiencias en la bolsa. Boixar. Tras el Boixar, llegaba la subida a Coratxà, que en algún momento se hacía algo más difícil por la gravilla, pero que hicimos, para variar, sin parar de charlar. Y entre tanta charla salió aquello de que estaría bien sacarse una foto en cada cartel de cada pueblo de la provincia. Y quien dice pueblo, dice aldea, o pedanía. Y que quizá podíamos hacer una carrera. A ver quién pasa antes por todos los pueblos de la provincia.
Y nació la idea igual de fácil que nace cada plan que hacemos.
En Coratxà hacía fresco a la sombra. Pero incluso con el fresco disfrutamos con la ensalada templada y el plato de embutido. Y al rato, del sol de la plaza. Sol de mediodía de otoño.
En Fredes se celebraba algo, un cumpleaños, unas fiestas patronales, una excursión popular o quizá todo a la vez. Pero el pueblo estaba cortado y superpoblado de gente excesivamente abrigada. Nosotros, en nuestro escalón, casi nos dormimos al sol. Casi.

Y en la Colonia Europa nos enseñaron dónde dormiríamos. Al rato fueron llegando los demás, unos antes, otros más tarde. Otros más tarde aún. Estupenda cena, y a dormir, que mañana nos espera un camino largo, largo.


5 de noviembre de 2012

Tres días tres.


Tres días no son demasiados, pero sí suficientes para recargarse una de buen rollo, armonía y rollo zen. Será esto del zen porque nos conocimos y trabajamos en una empresa japonesa, y todo se pega. Digo.
Salimos el miércoles de Cantavieja,  ellos tres y nosotras dos. Ellos con sus bicis de montaña, nosotras con las de carretera, para no quedarnos atrás. Equipos definidos: el ciclista, su hija y yo, equipo azul (por ejemplo). Los dos Oscars (o se dice óscares) equipo ...¿blanco?. Pues blanco.Cuarto Pelao. Decía el ciclista que nos costaría una vida, y en cuarenta minutos ya lo habíamos subido y bajado. La maravilla de estos puertos está en sus pendientes prolongadas pero no excesivas, aéreos, abiertos, donde una se llena de luz y de altitud. Noelia subía genial, con el fugado, que está vez volvió a no fugarse sino a hacer equipo y preocuparse de que todos llegáramos a destino. A su marcha, Oscar iba coronando, y yo, a la mía, me sentía cada vez más y más feliz. Olvidándome de cualquier cosa q no fueran el paisaje, los compañeros, o la bicicleta. Quizá los Degollados es uno de los sitios con más carácter a los q he llegado en bicicleta. Tras este alto, Ejulve.  Y en Ejulve nuestra casa rural, a la que volví tras dos meses que parecieron dos años.



Pasadas la cena y la charla y el momento en el que se nos ocurrió una ruta entre Fredes y Paüls y el Caro en bicicleta...pasada la vista por la sima de San Pedro, nos fuimos a dormir. Y amanecimos bien, preparados para el segundo día.

Majalinos era el primer puerto del día, y de él nos habían contado terroríficas historias de ciclistas engullidos por siniestras rampas o devorados por espeluznantes curvas. Pero lo cierto es que nos lo tomamos con calma y en un rato estábamos arriba, entre los restos quemados de un pinar, admirando un paisaje duro, solitario.

En Miravete de la Sierra nunca pasa nada. Sin embargo, el día que a aquel hombre se le ocurrió poner mortero a la fuente de la plaza, pasaron cinco ciclistas sedientos, que, sin más miramientos, abrieron grifos y llaves, apoyaron manos y cascos y mojaron cabezas y pelos sobre aquel mortero nuevo, marrón oscuro. Precisamente ese día.

Y terminó la etapa en Alcalá de la Selva, buscando unos donuts para las chicas, que fueron imposibles de encontrar. Los Donuts vienen los Jueves. Pues vaya. 

Toda la noche se escuchaba soplar el viento. Me bajo al bar, quiero un café. Y comprobar si todo eso es viento. Malas noticias: no había café, y el viento era real. 
De todas maneras, había que salir. 
Valdelinares. Poco que decir. Si hubiera ido sola me hubiera pedido un taxi. Pero con ellos, y ella, todo es más fácil. Subíamos los dos. Él miraba de reojo, charlaba, sacaba fotos, me tapaba el viento, se esperaba o se adelantaba. Y yo iba simplemente subiendo. Y cuando ya no quedaba más que alguna curva y alguna rampa, él bajó a prestar ayuda más atrás y yo coroné el puerto helada de frío y pensando en cuanto iba  a disfrutar en la bajada: si poco, o si nada.
El ciclista dice que hay que ir despacito y por el centro, por si las rachas... Y así vamos bajando. El ciclista agarra a Noelia para que no salga volando y yo pienso que si a Él no lo tira el viento, que pesa menos que yo, yo no debería tener grandes problemas. Pero los tenía. Menos mal que la compañía siempre fue grata. Y que el maldito puerto se terminó y ya estábamos en un lugar mucho menos expuesto.


Aún así, desde nuestra mesa en el bar de Mosqueruela, no se veían sino ramas moviéndose como el pelo de Raffaella Carrá.
Salimos, buscamos el camino y reaparece el viento, y con él, mi momento de crisis. Hay un Oscar que no se encuentra bien. Y Noelia no sabe, no contesta. 
Ni quiero seguir hacia adelante, ni me apetece volver. Por mi me quedo en esa piedra..y si amaina... Noelia está de acuerdo. Así que, subdivididos en tres grupos, unos siguen raudos hacia Cantavieja, otro se vuelve con su malestar al bar, y nosotras nos sentamos en nuestro camino, charla que te charla, encontrando un refugio de pastores, esperando que el viento nos de un rato de tregua.
Y cuando nos la dio la aprovechamos, y, animadas, charlando tranquilas fuimos haciendo camino hacia Cantavieja, curva a curva y rampa a rampa. Porque se hace camino al andar. 
Genial fue el momento de encontrarnos con el feliz y orgulloso papá y con él, que sonreía sin parar. 
Nos podríamos haber subido al coche, pero nos propusieron terminar la ruta hasta Cantavieja y aceptamos. Era genial ir con Noelia, con un coche delante y otro detrás, a nuestro ritmo y sabiendo que íbamos a cumplir el plan propuesto.
Y llegamos. Todos. Y se terminaron los tres días encontrando por fin unos donuts. Y quién sabe cuántas cosas más encontré esos días.


5 de septiembre de 2012

De batallas



Pasaron un Tour y diecisiete etapas de la Vuelta. Y, justo después de la etapa 17, después de verla en diferido, porque, perdónenme los fieles, la hora del ciclismo es una hora muy mala, de mucho sueño y más calor, lo que hace que, en ocasiones, sea -casi- tan difícil verla como disputarla, justo después, me doy cuenta de que se acaba el verano, de que la luz de las tardes es azul y muy clara. De que el desierto está dibujado perfecto en el horizonte, contorneado con lápiz negro.
Es Septiembre.

Y yo con estos pelos, apenas he hecho nada de lo que pensaba hacer, si bien es cierto que realmente no había pensado hacer nada. Me quedé empachada con la 115 y empachada con la Quebrantahuesos. Así que decidí hacer no más de lo que me apeteciera. Y no más he hecho.

A finales de Junio me di un salto hasta Vielha con idea de hacer una travesía medio desconocida llamada Passaran, de la que ya casi no tengo recuerdos ni constancia porque las fotos se quedaron para siempre en un tarjeta micro-sd perdida en algún rincón del mundo. Recuerdo el refugio de Estany Llong, el port de Vielha. Port de Ratera, Saboredo. Caballos, vacas. Recuerdo la tormenta, Sant Maurici, Boi. El autobús, el coche. Saint-Lary. El pueblo del precioso lago. Los días en Vielha que no tendrían que haber terminado.
Me acuerdo, y no me acuerdo. Quizá no pasaron.
Los lagos de Colomers, el circo y el refugio del mismo nombre.
Quizá España ganó una Eurocopa, otra.

El regreso fue duro.

Y me dediqué a correr. A correr por sentirme corredora de verano, que ya es sentirse algo. Pero no me duró demasiado la emoción.
Y entonces volví a la bicicleta, y hubo días para todo.
Y volví a las salidas de martes y jueves, que no decepcionan.
Y pensé que debía volver a las carreras de verano, y lo hice.

Pero en cuanto pude salir a escape, lo hice, y estuvimos perdidas en la Font Calda, entre cabras y flautas. Y la bici, y la Patry, que siempre son buenas compañeras. Y nuestros teléfonos, hipercomunicadas, descansando cuando por fin no había cobertura. Ni 3G. Que tontas somos, con lo fácil que es apagar, bloquear, e incluso mandar a tomar Fanta. 66 kilómetros de túneles y cervezas. Olvidemos los túneles, y tomémonos otra cerveza. Vayan las claras por lo oscuro.

En Xodos hicimos un alto, y corrimos. Y estaban Jesús, y Miguel, y sus esposas. Y Silvia, y Tere, y la otra Silvia. Y corrí lo más rápido que pude, pero no fue suficiente.

Cuando volví fuimos a subir el Bartolo. Otro espejismo.

Y tras carreras rápidas y cortas, agónicas, ocurrió un día de largo por donde siempre, de cuando siempre era cada día. Y en la Font de Roc sigue lavando la ropa la misma señora de hace siete años. Y seguramente de hace veinte. Porque hay cosas que no cambian en veinte años, y otras que tardan veinte años en cambiar. Y otras, que de cambiadas, ni siquiera se parecen.

Y el siguiente descanso era fin de semana. Pirineos. Esperando un -merecido- homenaje de Repsol, Campsa o Petronor, conduzco hasta Sabiñánigo. Y de ahí nos vamos hacia Formigal.

Anduvimos tranquilas hasta Respomuso (o Respumoso) y nos dormimos temprano, otra vez sin móvil ni cobertura, ni 3G.


Intentamos la Gran Faxa, que además de grande fue ventosa. Llegamos hasta donde quisimos, y volvimos a echarnos una siesta en un prado cualquiera, frente a un lago cualquiera. Bajo un cielo que a medida que avanzaba la tarde era más y más azul.

Sin querer terminó el fin de semana, y sin querer comenzó otra semana.

Y Purito perdió el rojo, como casi todos esperaban desde hace días, pero cuando ya casi nadie lo esperaba. Y en este punto me pregunto cuándo está la batalla perdida.



26 de diciembre de 2011

Setau Sageth (y III) Salardú-Vielha y el Lac Major de Colomers

Había llegado pronto a Salardú. Demasiado pronto. Hay quien prefiere, en estos asuntos ruteros, llegar cada día pronto a destino y tener el resto del día para descansar y ver alrededores. Yo no. Llego temprano al lugar de dormir y no sé en dónde rayos meterme. Allí ando entre mapas trazando la ruta del día siguiente, por trazarla, y pensando que podría haber seguido un rato más.
En los alrededores de Salardú no había más que oscuridad. En el bar me hace, una señora milenaria, el único plato de la carta: huevos fritos con bacon, Estaban buenos, oiga.
Me voy a la habitación y hablo con Julia, con Carmen... Para el día siguiente anuncian mal tiempo, lluvia y la cota de nieve que cae rodando. Uhm...por aquí, por allá....
Desde Salardú hay dos opciones para volver a Vielha. La original que marca la Setau Sageth recorre la ribera de Valartiés y las decenas de lagos de sus alrededores. Pasa por el Lac de Mar y el Lac de Rius. Sube algún collado de más de 2500msm y llega al refugio Conangles, cerrado en invierno. Desde allí se vuelve al GR y se va de la boca sur a la boca norte del túnel de Vielha. Una maravilla. Lástima el viento y la lluvia.
La opción fácil es tomar el Cami Riau hasta Vielha, unos 12 km llaneando por un sendero fluvial la mar de aburrido acondicionado.

Aburrida, miro por la ventana: -¿lloverá?. La mujer me mira: -no lo sé, ¿lloverá?- pregunta a un hombre que arruga la nariz escondido tras una pantalla y unas gafas más grandes que ésta. -Veamos, se acerca un frente muy activo que ya nos está dejando lluvias en Euskadi, lo estamos esperando para el mediodía. Pero también vamos a sentir la influencia de una borrasca atlántica procedente de.... [...].
Madre mía, este bar es de Paco Montesdeoca.
-Espera, que estamos siguiendo la situación en el Hierro.
¿estamos?
-Eco charlie 3....- y sigue hablando tras un cristal. -Uy...pues yo conozco a ...Echo Alfa 5 Delta Foxtrot ...
Y así comenzó una animada conversación en la que descubrí la utilidad de llevar una emisora por la montaña y además a utilizar la que hay en muchos refugios, guardados o no.
Y salí de allí con mi nuevo plan.
Bajo una fina lluvia tomé el camin Reiau y no lo abandoné hasta dos horas más tarde, cuando después de 11 km y 6 pueblos estaba de nuevo en el lugar del que había partido un par (o tres)de días antes
Conduje hasta Salardú y de allí me informó mi nuevo amigo de la trayectoria de los frentes amenazantes, y con esa información fui conduciendo hasta Banhos de tredòs, lugar al que hacía unos días había subido en bicicleta el señor Echo Alfa cinco todolodemás.
Aparqué donde me dejaron los caballos y comencé un precioso paseo bajo un lluvia fina y fría que poco a poco iba embarrando cada camino.


Estaba entrando en la zona periférica del Parque Nacional de Aigüestortes y estany de Sant Maurici, un paraíso lleno de lagos, más de ochenta, y de altas cimas que esa tarde apenas se veían, de cubiertas de niebla y nubes.
Mi sendero era puro barro, húmedo, a ratos encharcado, pero en muchos tramos los peores pasos se salvaban con puentes o caminos de troncos. Hacía muchísimo viento cuando llegué a Colomers, el lago estaba agitado y las cumbres tenían -más bien- mala pinta. Comenzó a nevar -aguanieve, a 2300m- y decidí que era momento de bajar.

Lástima los 79 lagos que me dejé allí. Volveremos a visitarlos.
25,700 km. Cinco tranquilas horas de paz bajo la lluvia.

30 de noviembre de 2011

Setau Sageth (II) Refugio Honeria- Salardú

Me levanté y entré en el bar del refugio, y a aquel hombre se le notaba que no se había acostado todavía, o que, si lo había hecho, había sido sobre la cocina o algo así....De todas maneras, me parece que no era una cosa que debiera importarme. La cosa era desayunar, y eso pude hacer bastante decentemente.
La etapa que se presentaba era la buena, la bonita, la dura. La que le daba a la ruta el puntito de alta (medio alta) montaña que le había faltado al día anterior.
A las 8:06 de la mañana salí por la puerta vestida de esquimal y tomé un sendero cubierto de hojas que subía por un lateral del refugio. El camino es muy húmedo y cerrado: avanza siguiendo el cauce del río Torán y atravesando un bosque de ensueño que mezcla abetos, hayas y abedules y sus colores de otoño, éstos verdes, éstos rojos, éstos cobre.


Entre los dos caminos a elegir, tomo el más evidente: Minas de Liat por Grauers. GR211

Tras haber estado subiendo un rato bastante largo, por la de veces que me paré a mirar plantitas, setitas, bichitos, florecitas y todo tipo de -itos e -itas, y no porque el camino fuera en modo alguno largo o exigente, de pronto levanté la vista y me encontré en mitad de un prado de alta montaña al que rodeaba un pequeño circo por el que caían decenas de pequeñas cascadas.


El sendero giró hacia la derecha, para comenzar a ascender con bastante rapidez por la vertiente norte. A mi izquierda quedaba una espectacular garganta más y más profunda: Gorges d'Emer.
El día era bueno, perfecto, pero sin embargo empecé a notar algo de frío. Vaya: 2020 metros. Bajo mis pies, una fina capa de hielo frágil. A medida que avanzo, la capa de hielo frágil se va tormando hielo duro, y más adelante, y más arriba ya no es hielo sino nieve. Y un poco más arriba la capa de nieve tiene unos cuantos centímetros de espesor y delante de mi se presenta un collado harto blanco, harto frío.
Pronto llego a la cabecera del valle, que resulta una linea divisoria real de la parte nevada y la verde.


Mi camino sigue, me parece, por la parte nevada. "Me parece" porque parece que se intuye que por allí hay un camino, y porque debo seguir dirección Minas de Liat.

Pronto encuentro los primeros restos de minas a los que siguen otros, trazando un camino bastante evidente. Vagonetas, raíles y toda suerte de carros, torres, viguetas y extraños engranajes van completando un paisaje extremadamente peculiar a 2300 metros de altitud. Las condiciones de trabajo allá arriba debían ser durísimas la mayor parte del año.

Frente a una bocamina de tantas, me encuentro con el refugio libre de Liat, perfectamente acondicionado para pasar una tranquila noche si fuera necesario. Bueno saberlo.

A estas alturas estoy un poco perdida, el GR se ha evaporado y se me hace algo complicado orientarme en un espacio tan amplio. Hasta que llego a las casas de Liat y todo se soluciona. De pronto aparece una pista perfecta en un trazado perfecto que decido tomar sin más dilación: es la pista de Liat.

Bajo silbando tranquila en absoluta soledad. Parece mentira que sea fin de semana. De pronto, a lo lejos diviso un todoterreno haciendo cabriolas pista arriba. El tipo que conduce lo va dejando parado en cualquier parte y va bajando rápidamente para sacar fotos suyas, de su entorno y del propio coche. Y para uno que me encuentro...

En el fondo del valle, el río Unhola serpentea caprichoso sobre su lecho cobrizo, a ratos teñido de rojo, que delata la presencia de algún mineral, quizá hierro, que explica la presencia de las minas que pasamos hace un rato.



Unos cuantos kilómetros más tarde la pista enlaza con el camí Reiau, y por él llego a Salardú: bonito y turístico pueblo que debe ser la bomba en invierno, a juzgar por los tropecientosmilmillones de hoteles que lo pueblan, pero que en esta extraña época interestacional es un solitario lugar con un único alojamiento disponible: el bar montanha.

28 km, 8 horazas entre pitos y flautas. ¡¡que estoy de paseo, señores!!

29 de noviembre de 2011

Setau Sageth (I) Vielha-Refugio Honeria.

Las 9 de la mañana y los bastones rotos. Rotos o desmontados. Esos bastones son una castaña. Esos de rosca, telescópicos. Claro, son más baratos que los otros, y debe ser por eso que llevo tres pares en cuatro años. Los próximos me los compro buenos. Estos, por ejemplo.
Pero eran las 9 de la mañana, o nueve y diez, y yo estaba en Vielha toda equipada y con la porquería de los bastones medio desmontados.
Respira-inspira.
¿me compro otros a las 10?
Respira - inspira.
Vaya, parece que encajan...
Vamos, antes de que vuelvan a romperse.
Empezamos. Somos cuatro: Bastón derecho, Bastón izquierdo, Mochila, y yo.

Salgo de Vielha con mi mapa y mis dos opciones: Camí Reiau siguiendo el río Garona hasta Bossost, o tomar el GR211 y subir a cada una de las pequeñas aldeas que salpican el Valle. Me gustó más esa segunda opción, tenía un noséqué más de aparente intrepidez.

Aunque el camino era más camino que sendero y dejaba poco a la aventura, era precioso subir a cada aldea y contemplar de allí en Macizo de la Maladeta. Mont, Montcorbau, Betlan, Aubert, Arròs, Pont d’Arròs, Begós, Vilamòs, Arres de Sus, Arres de Jos.
Paralela a la Nacional-230 seguí caminando tranquila y pronto llegué a Bossost, fin de la etapa del recorrido oficial, mitad de etapa de mi plan.


Bossost es uno de los últimos pueblos de este lado de la Frontera, pero parece más francés que español. En todo caso, parece muy aranés. Bocata y continúo.
Hasta Les continúo paralela a la carretera nacional, es una lástima tener que escuchar coches y motores tan lejos, pero debe ser que aún no estoy lo suficientemente lejos. Y eso sólo se soluciona andando.
El día está saliendo precioso, es finales de Octubre y no se intuye ni una sola nube. Sólo a la sombra, el aire algo fresco y las hojas que voy pisando durante todo el camino me recuerdan que no debo confiarme demasiado, estamos en otoño.
En Canejan cambia el paisaje. Canejan se construye a partir de las palabras CAstrum y JANua, casa y puerta en latín, y, en esta dirección, significa la puerta de entrada a la Val de Toran.
En San Juan de Toran una pareja me ofrece llevarme hasta el refugio, pero son sólo las seis, tengo tiempo y ganas de llegar a pie. ¡gracias chicos!

Antes de las siete llegué al Refugio de la Honeria.

¿te espero a ti?
pues ... espero que sí.
No recuerdo el nombre del guarda, pero seguro que fue la persona más carismática que encontré en la ruta. En el refugio no dormía nadie más, pero allí estaban tres parejas, tres perros y un gato tuerto al calor de la chimenea, contando historias y acabando con todo el vino y la cerveza que tenían cerca. Pasta, vino, butifarra, vino, ensalada, vino. Manzana, vino. Y Casís.: Licor de grosella negra.
En el momento en el que pude escaparme sin que ya nadie se diera cuenta de si estaba o no allí, hice mutis por el foro.
Buenas noche, Bona nit.
mmmmonammmmit , escuché, lejano.

39, 300 km. Ocho horas de marcha.

5 de diciembre de 2010

Turismo (in)activo

Hoy ya es día 5 de diciembre. Ya andamos sobre el puente de los que lo tienen. Este año no me puedo quejar, tengo más puente que otras veces. Y como no me he comprado un billete de avión, pues nadie me lo ha fastidiado. Eso sí, llegan los controladores a armar todo este lío unos días antes y me quedo con los padres en casa unos días más. Y con este frío nos hubiéramos empezado a poner violetas ellos, y negra yo. Me pregunto si hubiera podido presentar alguna reclamación.
A estas alturas de lectura, uno ya puede intuir lo que es un hecho: "esta tipa no ha entrenado un pimiento". Y es una afirmación del todo cierta, si bien lo es también que en este momento tengo colocadas las mallas, las zapatillas y el cortavientos para salir a dar una vueltecita por los alrededores. Lo que pasa es que he asomado la nariz, y no hay más que frío allá fuera.

Como no hay mucha cosa deportiva que contar, con permiso del dichoso (dichoso de feliz) 5-0, pues voy a dedicarme a divagar sobre lo entretenida que he estado esta última semana...

Un día llegué a Madrid, otra vez. Con la maleta con casi las mismas cosa que hacía dos semanas, ropa de rodar incluida. Y en Madrid dimos unas vueltas p
arecidas a las de siempre: Gran Vía arriba, Gran Vía abajo. Carretas, Preciados, Callao... Prado y Retiro. Cibeles. Chueca, Huertas. Fuencarral y Hortaleza. Sol. Campo de las Naciones. Atocha...
Y Chamartín. Y en Chamartín conocimos a un bloguero amigo de mi madre al que le recomendaba el blog de Abbish, por eso de los viajes. Tenemos nuestro propio mundo paralelo que vamos creando a base de entradas.


Tengo las manos frías, sin embargo mi gato está caliente. Voy a tocarlo un rato. Para eso tiene una un gato y va limpiando pelos continuamente...
Eso es otra cosa que pronto va a cambiar, y es que voy a dejar de tener esa preciosa escalera negra. Me cambio de casa. Por enésima vez. Se alquila casita en Borriol. Razón, a mi.

Salimos de Madrid en Alaris, y llegamos a Castellón vía Valencia, que al final no salió tan bien de tiempo por retraso en el enlace hasta Castellón. Los retrasos inesperados no suelen traer nada bueno, pero, por lo menos, se supone que Renfe nos devolverá parte de lo invertido en los billetes. Política de puntualidad, se llama eso. Desde luego si a mi me hicieran pagar por cada minuto que llego tarde a un encuentro...no quiero ni pensarlo.

Y estuvimos en Peñíscola. Hubiera preferido ir a Morella, que me
parece más buque insignia de la provincia, a mi que soy dada a buscar lugares alejados y gélidos. Pero dado que lo de gélido no les iba bien a mis cálidos progenitores, y barajando que toda esa historia del Papa Luna y los templarios podría hacer más gracia a mi padre que las singulares mantas morellanas, en Peñíscola pasamos la tarde.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias es un buen lugar que visitar, no en vano alberga el mayor acuario de Europa, digan lo que digan todos aquellos que opinan que el de Barcelona es mejor y que el de Lisboa es la caña con anzuelo. Yo sólo he visto el de Valencia, y me parece grande. Es más: me parece muy grande. Lo cual no quiere decir que sea mejor, ni peor. Lo que también es, es más caro, pero siempre más barato que un viaje a la
Patagonia a ver pingüinos o leones marinos o belugas. Claro que yo preferiría irme de puente a la Antártida, pero estando como está el espacio aéreo, mejor me quedo en el Oceanogràfic.
También puede una ver mantas, angelotes y sepias. Y caballitos de mar. Incluso hay un lugar para ocultarse una y escuchar una ola desde dentro....Artificios para soñar desde una burbuja.


Y no podían irse sin ir a la Albufera, porque estuve dudando entre el Delta del Ebro y La Albufera de Valencia. Humedal por humedal. Arroz por Arroz. Y ganó ese asunto del Cañas y Barro, que llevo 10 años viviendo en la Comunidad Valenciana, aunque a ratos una no sepa bien donde está ni a quién pertenece, y sobretodo, que ese día lo terminábamos en Manises. El all i pebre también tuvo algo que ver en la elección. Y la paella, y la paella. Porque patos, son patos aquí y en el Perú. Lástima de lluvia que nos dejó sin paseo en barca.


Y después de todo esto, volví a quedarme sola en casa, así que volví a intentar quedar con El rubio y Cia para subirnos a unas plaquitas en el sitio aquel de los naranjos, pero llovía y nos tuvimos que conformar con el rocódromo de Nules, que a mi me sigue pareciendo infernalmente difícil.

Y al día siguiente la Veloz y yo volvimos a nuestra salida semanal por la ruta del Cochinito, versión nuestra, por la que rodamos felices y en unos cuantos minutos menos que la última vez, como debe ser. Y que siga. Aunque puede que llegue el momento de ampliarla y hacernos la ruta del Cochinazo.

16 de noviembre de 2010

Ideas de bombero













Se me olvida, se me olvida lo que hago...

El caso es que tampoco ha sido gran cosa. No obstante, lo cuento, por no terminar de olvidar, aunque alguna cosa sea, efectivamente, para el olvido.

No lo fue la tardecita de escalada ligera que tuve con el Rubio y el otro compañero que, para variar no se llama Oscar. No-Oscar, le llamaremos, para preservar su intimidad. Poco hice, pero lo poco que fue, me supo a gloria por la tranquilidad con que lo hice.

Por otra parte, resultó que unos días después del camino me había dado por salir a rodar por carril bici, por eso de ir haciendo algo sin terminar de jorobarme los gemelos que los tengo fritos de poco cuidármelos. Y debió darme demasiado el sol, o quizá ingerí demasiada agua de golpe, que no se me ocurrió otra idea más feliz que la de apuntarme a la Media de Xirivella. Media de "media maratón". Media maratón de asfalto, para ser más concretos. Una corre a ritmo tortuguilla durante un rato por un carril bici, y ya se cree la versión morena (y alta, con perdón) de la Marta Domínguez.
Total, que me presenté en Xirivella con Paco, al que había liado para que corriese un rato por las calles del pueblo en cuestión. Y cuando estaba de pie allí plantada, en esos minutos de apretujamiento justo antes de que se diera la salida, me dio por pensar que 21 kilómetros era muchísimo y que yo hacía una barbaridad de tiempo que no corría tanto por llano. Y empecé a preocuparme.
Los auriculares del Ipod shuffle se me volvieron a espachurrar, y llevo 3, a 30 euros por cada uno... me hubiera dado para comprar un Ipod Touch.
Y qué bien me siento y cuánta alegría despido. Supongo, por otra parte, que ese qué y esa cuánta siguen llevando su preciosa tilde diacrítica.
4 kilómetros y alegre voy por las, llamemos "concurridas", calles de Xirivella. Por sus huertos y su polígono industrial.
A 5'20", 5'15", 5'18" minutos los kilómetros. 5, 6, 7 kilómetros y mi alegría no tiene fin. Cuando paso el diezmil en 53 minutos comprendo que, irremediablemente, me queda poco de vida. Y lo peor es que ya no hay vuelta atrás. Por el kilómetro 12 andaba yo ya buscando a Paco con la vista, a ver si eso de llevar compañía me devolvía algo de la alegría derrochada. Pero no, pese a sus incombustibles ánimos, yo andaba (trotaba) más muerta que viva y deseaba que de una vez acabara semejante suplicio.
Y qué calor.
Antimarca de todos los tiempos: 2 horas 2 minutos que no quedan reflejadas en ninguna parte porque corrí con el dorsal que me regaló Charly, que tenía compromisos en Villena-Gracias Charly- y porque, por eso mismo, no pasé por el lector de código de barras. La cosa es que entré muy acompañada, no sólo por Paco, sino por más gente que también tiene a bien correr medias en dos horas. O más
Y al día siguiente apareció aquella de la que me había olvidado: "LA AGUJETA"
Ni para arriba, ni para abajo: sin darme cuenta, estaba naciendo el "Modo Petete".

Y con el Modo Petete ON, me fui para Madrid, como cantan los de El Barrio, sin remordimientos, a hacer un curso de protección contra incendios que resultó bastante entretenido, llamas por aquí, llamas por allá. De salir por el Retiro, esta vez nada de nada, que nos dio por ir a ver el Musical de los 40 y no había tiempo para todo.

Y ahora estoy en fase de andar con planes, entre pitos y flautas: rodaditas, escaladitas, bicicletitas... quién da más.